El desgaste permanente de la política en España

La política española atraviesa uno de los momentos de mayor deterioro institucional y social de las últimas décadas. Más allá de las siglas y de los gobiernos que se suceden en el poder, la sensación que perciben muchos ciudadanos es la de un sistema político cada vez más alejado de sus problemas reales y más centrado en la confrontación constante.

Hay países que tienen una política. España, en cambio, tiene una serie de televisión. Una producción interminable, con cientos de capítulos, giros de guion imposibles.

Cada mañana, millones de españoles se levantan preguntándose si bajará la cesta de la compra, si encontrarán vivienda asequible o si el tren llegará a su hora. Pero la política nacional tiene otras prioridades mucho más elevadas: averiguar quién ha insultado a quién en las últimas veinticuatro horas, quién ha filtrado qué documento y qué nuevo escándalo servirá para tapar el escándalo anterior.

La crispación se ha convertido en el lenguaje habitual de la vida pública. Los debates parlamentarios parecen, en demasiadas ocasiones, escenarios diseñados para el enfrentamiento y el titular inmediato en lugar de espacios para la búsqueda de acuerdos, y es que se va directamente al  “y tu mas”, en vez de buscar soluciones o alternativas a solucionar el problema.

La descalificación personal ha sustituido al intercambio de ideas, mientras que el interés general queda relegado a un segundo plano frente a las estrategias partidistas.

España se enfrenta a desafíos de enorme magnitud: el acceso a la vivienda, el encarecimiento del coste de la vida, las dificultades de los jóvenes para construir un proyecto de futuro, la sostenibilidad del sistema de pensiones, la calidad de los servicios públicos o la creciente presión fiscal sobre familias y empresas.

Sin embargo, la percepción del ciudadano, que es al que tienen que atender sus necesidades y buscar las soluciones,  es que estos problemas rara vez ocupan el centro de la acción política durante el tiempo necesario para encontrar soluciones duraderas, más que buscar el altercado a ser posible mas subido de tono y con mas sarcasmo en busca del aplauso de su bancada…y asi nos va.

 Todo esto se traduce en que el ciudadano ya no cree en los políticos que tienen que buscar en  el debate las sinergias para que las necesidades del país , es decir de la ciudadanía se  vean aliviadas de tensión social, laboral, económica, etc. si no todo lo contrario estas situación se convierte  en una  suma una preocupante de absoluta pérdida de confianza en las instituciones.

Los constantes escándalos, las acusaciones cruzadas de corrupción, el uso partidista de determinadas instituciones y la sensación de que las reglas cambian según convenga a cada formación política alimentan el desencanto social.

Cuando los ciudadanos dejan de confiar en quienes les representan, la democracia se debilita y el desapego hacia la política crece peligrosamente. Resulta especialmente preocupante la incapacidad de las principales fuerzas políticas para alcanzar pactos de Estado en cuestiones fundamentales.

La educación, la sanidad, la justicia, la financiación autonómica o las infraestructuras estratégicas deberían quedar al margen de las disputas partidistas y contar con una visión a largo plazo.

Sin embargo, la realidad demuestra que la búsqueda del beneficio electoral inmediato suele imponerse sobre la planificación de futuro. Un claro ejemplo es la acampada de las izquierdas tan atolondradas en la política actual como en la demanda que “exigen” en  el “camping” de la Puerta del Sol en el que arremeten contra el Gobierno nacional  pero acusan, insultan y desprecian a Ayuso, Almeida y a cualquier policía que les impida destrozar el Oso y el Madroño o  hacer pintadas en la sede del Gobierno regional. Asi de educados  son estos jovencitos

Tampoco  ayudan mucho las redes sociales y la inmediatez informativa que  dependiendo de quién  cuenta las cosas  y segun les convenga, porque eso del rigor informativo ya escasea en los medios. La política parece vivir sometida al ritmo frenético de la polémica diaria.

Cada declaración se convierte en una batalla, cada desacuerdo en una crisis y cada noticia en un motivo para profundizar aún más las trincheras ideológicas.

Resulta especialmente preocupante la incapacidad de las principales fuerzas políticas para alcanzar pactos de Estado en cuestiones fundamentales. La educación, la sanidad, la justicia, la financiación autonómica o las infraestructuras estratégicas deberían quedar al margen de las disputas partidistas y contar con una visión a largo plazo. Sin embargo, la realidad demuestra que la búsqueda del beneficio electoral inmediato suele imponerse sobre la planificación de futuro.

Los ciudadanos tienen derecho a exigir algo más de sus representantes. Tienen derecho a reclamar responsabilidad, transparencia, ejemplaridad y capacidad de diálogo. La política no debería ser un espectáculo permanente ni una competición de insultos. Debería ser la herramienta mediante la cual una sociedad resuelve sus problemas y construye consensos para avanzar.

 Lo que observa el ciudadano, votante y pagador de todo ese gasto, es que el Congreso de los Diputados se parece cada vez más a un gran circo donde cada uno quiere prevalecer sobre el contrario.

Los discursos ya no se escriben para convencer al adversario ni para explicar proyectos a los ciudadanos. Se redactan pensando en el corte de veinte segundos que aparecerá en los informativos y circulará después por las redes sociales acompañado de miles de comentarios indignados. El objetivo no es gobernar; es hacerse viral.

 Y como no, la  corrupción, por supuesto, sigue siendo una vieja actriz secundaria que nunca abandona el escenario. Cambian los nombres, cambian las siglas y cambian los protagonistas, pero el argumento resulta familiar.

Cada partido denuncia con gran energía la corrupción ajena mientras descubre súbitamente las virtudes del garantismo cuando el investigado lleva su propio carné. La indignación, al parecer, también tiene color político y muy poca vergüenza. 

Pero para intentar zafarse de ello  utilizan una asombrosa  capacidad para convertir cualquier asunto en una guerra civil dialéctica. Una ley, una carretera, una estación de tren, un festival de música o incluso una lluvia torrencial pueden terminar transformados en un combate ideológico de proporciones épicas. 

Pero como ya han solucionado el problemilla de Ceuta  y en  la Puerta del Sol es todo una balsa de aceite…pues no pasa nada.