El «príncipe» que busca ser rey

El pabellón de Guadarrama retumba con ‘Ali bumaye’ y casi me echo las manos a la cabeza. Para mi acompañante es su primer combate y le explico la traducción de la frase, la connotación, el momento. No entendemos nada. El público jalea y jalea. Son sus amigos. Basta para dar una vuelta para comprender que el grito es adoptado, una canción fácil, sin intención alguna. Gracias a dios.

Le jalean y le corean en el pabellón cedido por el Ayuntamiento multitud de chavales de su edad y nacionalidades. Las dos. Es el primer combate profesional de Ali Modian y la amplitud del espacio hace que el ring no huela a Reflex. Huele a tensión, la propia del boxeo. La misma que se rompe como un cristal de bohemia al tirarle una piedra. Aquí la piedra es la campana final que dice basta a los puños y da paso a los abrazos; ahí reside la grandeza del boxeo: el reconocimiento al rival de su valentía. Ali gana y el público estalla en júbilo. Es una victoria justa, la primera en su periplo profesional.

Me sorprende de Modian su estrecho margen para la entrevista. Llega tarde en un coche en cuya parte trasera hay un libro de Mike Tyson. Al bajarnos de él me sorprende su envergadura: es muy alto y más para alguien de mi tamaño. Lo lima todo con una sonrisa y cierto nerviosismo que me asegura que se ha dado muchas hostias pero no ha estado en muchas entrevistas.

Lo mejor de Ali, aparte de su pegada que luego hablaremos de ella, es su madurez. Su conversación se construye en objetivos a los que ha ido batiendo por ko. En la mesa tres cafés: el mío, el del boxeador y el de su preparador, un tipo al que se le ve, en el buen sentido de la palabra, bueno. Es su apoyo y su palo guía. Es con quien empezó a darle al saco. Es su familia, como ambos declaran y tan buena gente como él.

Nos movemos en una conversación de sueños terrenales. Ali Modian boxea pero está en tercero de carrera. Para los amantes del boxeo, esto último será tan importante como su puntaje en el cuadrilátero. Al vivir en un contínuo prejucio, vidas como las de Modian sirven para poner en tesitura que el boxeador no es un desarrapado drogadicto. Es, de hecho, una de las grandes luchas de Ali.

Canaliza el boxeo como una parte más de la vida y esto no sería nada en sí mismo puesto que es profesional. Pero como en The Wire o en la labor que lleva realizando años Jero García, ahora Hermano mayor, el deporte de los guantes ha sido senda y motivo para muchos jóvenes abocados al precipicio de la calle. No es el caso de Ali pero, me dice, serio, que si que ha visto al boxeo salvar muchas vidas. Igual salvar no es la palabra perso si reorientarlas: de los protagonistas de esos relatos dependerá hacer historia o tragedia.

Ali cuenta con el apoyo de El Bronx, una empresa promotora de boxeo con arraigo en la sierra. El Bronx, para quien esto escribe, es una empresa de boxeo a la que se puede definir con un marcado carácter social. Por un lado, la realización de veladas en la zona permite que muchas de las promesas vean cumplido el sueño de pelear con su gente de público. Por otro, las ayudas a los que serán nombres propios del boxeo español durante décadas y que tienen sus máximos exponentes en Ibai Castro y Ali Modian.

A Ali le sería imposible boxear sin El Bronx. Pero a Ali le sería también imposible estudiar sin El Bronx. Su familia, «humilde, pero muy sacrificada», aporta todo lo que puede para el futuro del joven cuyos horarios distan de sobremanera con la percepción estereotipada de su generación.

Son inamovibles, duros y sufridos pero estos tres factores, en cierta medida, aseguran el éxito. Corre por la mañana entre hora y hora y media; marcha a clases al mediodía hasta la hora de después de comer; entrena técnica de 5 a 6 días a la semana; al llegar a casa, vuelve a coger los libros para que no haya ni un sólo suspenso. Como está siendo.

Entre los temas y los cafés, Ali no tiene miedo a hablar de nada. El subirse a un ring las primeras veces le daba respeto, sí, pero también orgullo por el qué dirán los de abajo si cae. Ahora no oye a nadie más que a sus preparadores. A ellos y a los golpes, claro. Los que van y los que vienen.

-¿Duelen?

-¡Claro que duelen! Los rivales también buscan el ko y eso se consigue con golpes que duelen.

Hablar del futuro con cualquier boxeador es hablar del pasado y mirar el presente que será el que lo labre. Ponemos sobre el tapete los JJOO y, por primera vez, tratándose de un deportista joven y con vistas a poder lograrlo, no le obsesiona. Me cuentan las próximas fechas de los combates y me aseguran que, en dos de ellos, no saben contra quién peleará.

En el momento de marcharnos de la cafetería, el plural es una evidencia. El chico que viene con Ali es su motivador y amigo, un tío encantador. Me despido con un apretón de manos deseándole el mayor de los éxitos. Al caminar al tren, el coche en el que viajan y que me había recogido se para al lado por un semáforo en rojo. Ali Modian y su preparador sonríen y saludan de nuevo en gesto de despedida. Su sonrisa me asegura que volveré a verles pronto en una velada. Ali sonriendo triunfante. Y yo contándolo.

Autor: @DarioNovoM