AVE, de prestigioso modelo a desastre de gestión
Durante los últimos años, el mal funcionamiento de los trenes en España ha dejado de ser una anécdota para convertirse en un constante problema.
Los Retrasos crónicos, averías repetidas, falta de información al viajero y un servicio cada vez menos fiable han erosionado la confianza de millones de usuarios que dependen del ferrocarril para trabajar, estudiar o simplemente moverse.
Lo preocupante no es solo que los problemas persistan, sino que es un hecho habitual. El verse tirado en medio de las vías sin justificación alguna, ver viajeros arrastrando sus maletas por la vía o ser asistidos por vecinos y guardia civil está, desgraciadamente casi normalizado.
El tren de Alta Velocidad Española que era la joya de la corona con la que Renfe presumía en el mundo, ha caído en picado de tal modo que ya se han anulado los pedidos que había firmados, incluido el contrato del AVE a La Meca que se aplaza sine die por el accidente en Adamuz.
El ferrocarril en España ha sido históricamente un símbolo de modernidad y cohesión territorial. España, además, presume —con razón— de una de las redes de alta velocidad más extensas de Europa.
Sin embargo, esa imagen contrasta con la experiencia diaria de los usuarios de Cercanías, Media Distancia e incluso de algunos servicios de larga distancia. Incidencias técnicas, falta de mantenimiento y una gestión deficiente han convertido muchos trayectos en una prueba de paciencia.
Especialmente sangrante está siendo la situación de las Cercanías. En grandes núcleos urbanos como Madrid, Barcelona, Valencia o Sevilla, miles de personas sufren a diario cancelaciones sin previo aviso, trenes saturados y horarios que no se cumplen.
Para muchos trabajadores, llegar tarde ya no es una excepción, sino una consecuencia directa de un sistema que falla. Y cuando el transporte público falla, no solo se pierde tiempo: se pierde calidad de vida.
A lo largo de estos años, las explicaciones oficiales se han repetido casi como un mantra: “incidencia puntual”, “problemas técnicos”, “causas ajenas a la operadora”.
Pero cuando lo puntual se vuelve estructural, el problema deja de ser técnico y pasa a ser político y de gestión. La falta de inversión sostenida en mantenimiento, la obsolescencia de parte del material rodante y una planificación a corto plazo han acabado pasando factura.
Resulta paradójico que mientras se anuncian grandes proyectos, inauguraciones y récords de kilómetros de alta velocidad, incluidos los anunciados picos de velocidad de 350 km/h del AVE del Ministro Puente, el servicio más utilizado por la ciudadanía sea el más descuidado.
Apostar por el tren no debería significar solo cortar cintas, sino garantizar fiabilidad, puntualidad y una comunicación clara con el usuario cuando las cosas van mal.
Otro aspecto especialmente irritante es la deficiente información al viajero. En demasiadas ocasiones, los pasajeros se quedan atrapados en andenes o dentro de trenes sin saber qué ocurre ni cuánto va a durar la incidencia.
La sensación de abandono y desorganización multiplica el enfado y transmite una preocupante falta de respeto hacia el usuario.
El ferrocarril es clave para la transición ecológica, la reducción del tráfico y la vertebración del territorio. Pero para que la ciudadanía apueste por él, primero debe funcionar. No se puede pedir confianza cuando el sistema demuestra, una y otra vez, que no es fiable.
Ocho años son tiempo más que suficiente para haber corregido deficiencias estructurales. Si los problemas continúan, no es por falta de diagnóstico, sino por falta de voluntad, inversión bien dirigida y una gestión centrada en el usuario.
El tren en España no necesita más propaganda: necesita llegar a tiempo y que las inversiones sean realmente para las infraestructuras y no para amigas, compañeros o pagos de voluntades con fines políticos.

